José Luis Rodríguez Zapatero nos dejó como legado de su paso por la Presidencia del Gobierno un ajuar difícil de olvidar. Pasamos de proclamarnos —en sus propias palabras— la “Champions League” de la economía europea a asomarnos al precipicio de la bancarrota. De una España cimentada en la concordia a otra instalada en la discordia permanente; del consenso a la crispación como forma de hacer política; de la solidaridad entre territorios al estímulo de los independentismos más radicales.
Pero, para Alicante, hubo una herencia todavía más fastidiosa. Se pasó del gran acuerdo nacional y territorial sobre el agua, con el trasvase del Ebro concebido para abastecer tanto al norte como al sur de la fachada mediterránea, a la derogación de ese proyecto sin ofrecer una alternativa real. También de un trasvase Júcar-Vinalopó en un estado muy avanzado de ejecución, capaz de resolver el abastecimiento para consumo humano y garantizar el agua para el regadío y la recuperación de los acuíferos, a enviarlo a un limbo administrativo y político del que, dos décadas después, aún no ha salido del todo.
Y todo ello después de invertir decenas de miles de millones de euros que, en demasiados casos, acabaron diluyéndose sin resultados tangibles. Ahí quedan el célebre Plan E —que muchos resumieron con ironía como “rompa aceras para volver a construir aceras”— o el llamado Plan AGUA, que sigue sin hacer llegar el agua prometida por los canales del trasvase o a los municipios como los de la Marina Baixa.
Las consecuencias están a la vista. Hoy, la mencionada comarca figura entre las regiones europeas con mayor riesgo de déficit hídrico para garantizar el suministro a sus ciudadanos. Y mientras tanto, durante este primer cuarto de siglo, en nuestra provincia se han abandonado cerca de 38.000 hectáreas de regadío, según datos del Ministerio de Agricultura, al tiempo que otras comunidades, como Castilla-La Mancha, han incrementado de forma notable su superficie regada.
Esa es una de las tantas herencias que dejó este señor: una hipoteca hídrica que los alicantinos seguimos pagando y que, por desgracia, continuaremos amortizando durante muchos años.
Allá por 2004, las obras del Júcar-Vinalopó desde Cortes de Pallás avanzaban a buen ritmo; el abastecimiento de agua potable para los municipios del Vinalopó y de la Marina Baixa parecía garantizado; el agua destinada al regadío permitiría aliviar la sobreexplotación de los acuíferos y asegurar el futuro de la agricultura. Difícilmente podía imaginarse un escenario mejor. Y, por si fuera poco, el proyecto del trasvase del Ebro hacia el norte y el sur mediterráneo reforzaba esa expectativa bajo un amplio clima de entendimiento institucional.
Pero todo aquello se truncó. La mano inesperada de quien se reivindicaba como representante de una izquierda solidaria fue, paradójicamente, extraordinariamente poco generosa con Alicante. Sus decisiones nos condenaron a una pobreza hídrica que constituye la antesala de muchas otras penurias: la agrícola, la económica, la social y, en última instancia, la territorial.
Más tarde llegó el Memorándum con la pretensión de cerrar definitivamente el debate del agua. Tampoco fue suficiente. Porque cuando durante años se siembra la discordia, resulta extraordinariamente difícil cosechar el consenso.
Así llevamos más de dos décadas, atrapados en problemas cuya solución parecía al alcance de la mano hasta que Zapatero llegó al Gobierno. Hoy, es él quien afronta turbulencias políticas y judiciales que ensombrecen su figura pública. Su imagen hace tiempo dejó de protegerle; apenas le queda la sombra, y hasta ella parece desvanecerse cuando se pierde la dignidad.
Alicante, por su parte, continúa pagando aquello. Lo paga cada agricultor que abandona sus tierras, cada familia que contempla con incertidumbre el futuro del agua y cada generación que recibe como legado un problema que pudo haberse resuelto, pero que se dejó enquistar.
A pesar de estas “joyas”, confío en que las cosas pueden cambiar. Nosotros seguiremos luchando. Y lo haremos gota a gota hasta partir la roca.
Que Dios reparta suerte.


