Tanto 2025 como la primera mitad de lo que llevamos este año han sido excepcionalmente generosos en lluvias en buena parte del territorio nacional. Los embalses y acuíferos se han recuperado, aportando seguridad hídrica para los próximos meses, en contraposición de los malos augurios anunciados desde el Gobierno de España que, como si de un hechicero de la tribu se tratara, solo es capaz de anunciar desgracias en vez de prevenirlas.
Pero dice el refrán que poco dura la alegría en casa del pobre, y así es en esta extrema España que pasa del verde frondoso e intenso de la primavera temprana al amarillo agostado del sofocante calor. Solo es cuestión de días, incluso de horas.
No es nada nuevo. Los agricultores y ganaderos llevamos generaciones conviviendo con esa realidad. Pero los tiempos y la sociedad cambian y, con ello, la manera de interpretar las cosas.
Que hay sequía, el Gobierno dice que es cambio climático; que llueve mucho y nos inundamos, también es por el cambio climático; que hace frío, es por el cambio climático, y lo de las olas de calor, sin duda es por el cambio climático. Para el hechicero de esta tribu solo hay una explicación y una solución: «cambio climático y pacto de Estado contra el cambio climático». Lejos de hacer un análisis crítico de la situación, se instala en la demagogia del monólogo catastrófico.
El problema ya no es si existe o no el cambio climático o establecer estrategias para evitarlo, sino que nuestra capacidad de influir en un fenómeno global es nula mientras los grandes fabricantes del mundo, China, India y EEUU no adoptan las medidas oportunas para ello. La cuestión es qué podemos hacer para adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas y térmicas que estamos sufriendo.
Ya lo dijo Darwin: «la especie que no se adapta evolucionando, sencillamente desaparece». Para ver a dónde vamos, lo mejor es ver de dónde venimos. Hace cincuenta años, con el inicio de la democracia, España contaba con 35 millones de habitantes. Hoy somos casi 50 millones, pero el crecimiento se centra en Madrid y la costa mediterránea. La España rural está estancada; más que despoblación, lo que no hay es crecimiento.
El último presupuesto de la dictadura, en 1974, fue de 3.950 millones de euros: 112 euros por ciudadano. El del actual Gobierno asciende a 485.986 millones de euros, es decir, 9.796 euros por habitante. Las cifras hablan por sí solas: hoy España es un país inmensamente más rico. La pregunta no es cuánto gastamos, sino dónde invertimos esos recursos.
Si nos centramos en la protección del medio ambiente y en los incendios que tanto preocupan estos días, vemos que a la llegada de la democracia, España disponía de 30 aviones Canadair para la extinción de incendios sobre una superficie forestal de 11,8 millones de hectáreas, según el último inventario del ICONA.
Hoy contamos con 19,24 millones de hectáreas de bosque arbolado y de aquella treintena de aviones tan solo sobreviven 7, cuando debería haber, siguiendo la lógica anterior, unos 50. Recibimos la democracia con 2,6 aviones de extinción por cada millón de hectáreas de bosque y cincuenta años después, con un Gobierno que hace de la transición ecológica una de sus principales banderas, apenas disponemos de 0,36 aviones por cada millón de hectáreas.
Los incendios de gran magnitud no pueden combatirse sin medios aéreos suficientes. Por eso cada vez escuchamos con más frecuencia que determinados fuegos son «inextinguibles» por varios factores, uno de ellos es no tener hidroaviones para apagarlos.
Sigo con más datos. En 1975, el censo agrario registraba 45,5 millones de hectáreas, de las cuales 19,4 millones se labraban y 26,1 millones d eran pastos para el ganado extensivo. Cincuenta años después, según los datos del Ministerio de Agricultura, la superficie agraria útil se ha reducido a tan solo 24 millones de hectáreas, de las que se labran 17 millones y tan solo 7 millones son pastos para la ganadería extensiva.
Ahí está el gran problema, hemos perdido 19 millones de hectáreas de pastos y dehesas donde el ganado se alimentaba y, al mismo tiempo, limpiaba carga incendiaria. Esas 19 millones de hectáreas han pasado a estar protegidas bajo diferentes figuras, principalmente la Red Natura 2000, donde la agricultura y la ganadería han ido desapareciendo como actividades permitidas.
Las cifras desnudan a la realidad. En España ha cambiado el modelo social y productivo, se ha abandonado el mundo rural a su suerte. El trabajo de prevención y mantenimiento del medio natural que históricamente hicieron ganaderos y agricultores simplemente dejó de hacerse. Todos los gobiernos de la democracia se olvidaron de quién cuidaba el medio natural, y ninguna Administración asumió el reto de recuperarlos.
Las consecuencias son claras, las grandes humaredas nos lo muestran. La acción del ser humano sobre el medio natural, a través de la agricultura y la ganadería ha perdido influencia. Los bosques crecen sin control ni orden y, para completar el círculo del despropósito, no invertimos ni un céntimo en prevención y mejora de medios aéreos de extinción.
Si de verdad queremos conservar nuestro medio natural, hay que pagar los servicios ambientales que prestan agricultores y ganaderos, quienes pisan la tierra cada día y mantienen vivo el territorio. No hay otro camino.
Porque, al final, frente a la demagogia solo hay una respuesta posible: los datos. Y los datos, una vez más, desmontan el relato y la eterna liturgia del hechicero de la tribu.Tanto 2025 como la primera mitad de lo que llevamos este año han sido excepcionalmente generosos en lluvias en buena parte del territorio nacional. Los embalses y acuíferos se han recuperado, aportando seguridad hídrica para los próximos meses, en contraposición de los malos augurios anunciados desde el Gobierno de España que, como si de un hechicero de la tribu se tratara, solo es capaz de anunciar desgracias en vez de prevenirlas.
Pero dice el refrán que poco dura la alegría en casa del pobre, y así es en esta extrema España que pasa del verde frondoso e intenso de la primavera temprana al amarillo agostado del sofocante calor. Solo es cuestión de días, incluso de horas.
No es nada nuevo. Los agricultores y ganaderos llevamos generaciones conviviendo con esa realidad. Pero los tiempos y la sociedad cambian y, con ello, la manera de interpretar las cosas.
Que hay sequía, el Gobierno dice que es cambio climático; que llueve mucho y nos inundamos, también es por el cambio climático; que hace frío, es por el cambio climático, y lo de las olas de calor, sin duda es por el cambio climático. Para el hechicero de esta tribu solo hay una explicación y una solución: «cambio climático y pacto de Estado contra el cambio climático». Lejos de hacer un análisis crítico de la situación, se instala en la demagogia del monólogo catastrófico.
El problema ya no es si existe o no el cambio climático o establecer estrategias para evitarlo, sino que nuestra capacidad de influir en un fenómeno global es nula mientras los grandes fabricantes del mundo, China, India y EEUU no adoptan las medidas oportunas para ello. La cuestión es qué podemos hacer para adaptarnos a las nuevas condiciones climáticas y térmicas que estamos sufriendo.
Ya lo dijo Darwin: «la especie que no se adapta evolucionando, sencillamente desaparece». Para ver a dónde vamos, lo mejor es ver de dónde venimos. Hace cincuenta años, con el inicio de la democracia, España contaba con 35 millones de habitantes. Hoy somos casi 50 millones, pero el crecimiento se centra en Madrid y la costa mediterránea. La España rural está estancada; más que despoblación, lo que no hay es crecimiento.
El último presupuesto de la dictadura, en 1974, fue de 3.950 millones de euros: 112 euros por ciudadano. El del actual Gobierno asciende a 485.986 millones de euros, es decir, 9.796 euros por habitante. Las cifras hablan por sí solas: hoy España es un país inmensamente más rico. La pregunta no es cuánto gastamos, sino dónde invertimos esos recursos.
Si nos centramos en la protección del medio ambiente y en los incendios que tanto preocupan estos días, vemos que a la llegada de la democracia, España disponía de 30 aviones Canadair para la extinción de incendios sobre una superficie forestal de 11,8 millones de hectáreas, según el último inventario del ICONA.
Hoy contamos con 19,24 millones de hectáreas de bosque arbolado y de aquella treintena de aviones tan solo sobreviven 7, cuando debería haber, siguiendo la lógica anterior, unos 50. Recibimos la democracia con 2,6 aviones de extinción por cada millón de hectáreas de bosque y cincuenta años después, con un Gobierno que hace de la transición ecológica una de sus principales banderas, apenas disponemos de 0,36 aviones por cada millón de hectáreas.
Los incendios de gran magnitud no pueden combatirse sin medios aéreos suficientes. Por eso cada vez escuchamos con más frecuencia que determinados fuegos son «inextinguibles» por varios factores, uno de ellos es no tener hidroaviones para apagarlos.
Sigo con más datos. En 1975, el censo agrario registraba 45,5 millones de hectáreas, de las cuales 19,4 millones se labraban y 26,1 millones d eran pastos para el ganado extensivo. Cincuenta años después, según los datos del Ministerio de Agricultura, la superficie agraria útil se ha reducido a tan solo 24 millones de hectáreas, de las que se labran 17 millones y tan solo 7 millones son pastos para la ganadería extensiva.
Ahí está el gran problema, hemos perdido 19 millones de hectáreas de pastos y dehesas donde el ganado se alimentaba y, al mismo tiempo, limpiaba carga incendiaria. Esas 19 millones de hectáreas han pasado a estar protegidas bajo diferentes figuras, principalmente la Red Natura 2000, donde la agricultura y la ganadería han ido desapareciendo como actividades permitidas.
Las cifras desnudan a la realidad. En España ha cambiado el modelo social y productivo, se ha abandonado el mundo rural a su suerte. El trabajo de prevención y mantenimiento del medio natural que históricamente hicieron ganaderos y agricultores simplemente dejó de hacerse. Todos los gobiernos de la democracia se olvidaron de quién cuidaba el medio natural, y ninguna Administración asumió el reto de recuperarlos.
Las consecuencias son claras, las grandes humaredas nos lo muestran. La acción del ser humano sobre el medio natural, a través de la agricultura y la ganadería ha perdido influencia. Los bosques crecen sin control ni orden y, para completar el círculo del despropósito, no invertimos ni un céntimo en prevención y mejora de medios aéreos de extinción.
Si de verdad queremos conservar nuestro medio natural, hay que pagar los servicios ambientales que prestan agricultores y ganaderos, quienes pisan la tierra cada día y mantienen vivo el territorio. No hay otro camino.
Porque, al final, frente a la demagogia solo hay una respuesta posible: los datos. Y los datos, una vez más, desmontan el relato y la eterna liturgia del hechicero de la tribu.



