Ante la majestuosidad de las montañas de Alicante emerge la fragilidad de nuestras cerezas. No es poca cosa obtener de un terreno tan abrupto unos frutos tan sensibles como extraordinarios. Esta cereza representa, probablemente como pocos cultivos, la esencia de lo que somos los alicantinos: esfuerzo, constancia y sacrificio sin garantías, pero con la firme determinación de no rendirse jamás.
Cada primavera, los cerezos dibujan durante apenas unos días el paisaje de nuestras comarcas del interior. Del blanco efímero de la flor al verde intenso de las hojas, hasta culminar en el rojo carmín del fruto maduro. Un ciclo breve pero intenso, reflejo del compromiso silencioso de generaciones de agricultores que continúan cultivando pequeños bancales heredados de sus mayores.
Es tiempo de cerezas. Tiempo de recoger el trabajo de todo un año y de que la sociedad tenga la oportunidad de disfrutar de uno de los grandes tesoros gastronómicos de nuestra provincia. Porque consumir cereza de Alicante no es únicamente disfrutar de su sabor y frescura; es también contribuir al mantenimiento del paisaje, de la economía local y de la actividad que sostiene nuestros pueblos del interior.
Pero este cultivo arrastra un problema cada vez más grave que condiciona seriamente su futuro: la inseguridad derivada de los múltiples factores ambientales que afectan a un fruto tan delicado.
Llevamos más de un lustro encadenando malas campañas. Inviernos anormalmente cálidos, sequías, heladas tardías, granizadas o lluvias torrenciales en plena recolección convierten este cultivo en una actividad de altísimo riesgo. A ello se suman unos costes de producción disparados y la creciente falta de mano de obra.
Y, pese a todo, resiste. Lo hace gracias a la obstinación de sus productores, que continúan adelante incluso cuando las administraciones y el sistema les dan la espalda. Porque hoy hay que denunciar con claridad una realidad tan absurda como injusta: el abandono del seguro agrario al sector de la cereza.
Agroseguro debería ser el último salvavidas del productor cuando todo falla, un instrumento concebido para proteger al campo frente a las inclemencias que nadie puede controlar. Sin embargo, el sistema ha dejado de entenderse como un mecanismo de solidaridad y equilibrio para ser una simple cuenta de resultados.
Los cultivos rentables generan beneficios para las aseguradoras; los de alta siniestralidad, como la cereza, quedan condenados a pólizas prohibitivas o coberturas insuficientes. El resultado es demoledor: asegurar una explotación cuesta tanto que, incluso con siniestro total, la indemnización apenas compensa el coste de la propia póliza.
Mientras la Generalitat sigue aumentando las aportaciones económicas a Agroseguro —37 millones en la última campaña—, las compañías obtienen resultados positivos y nuestros productores de cereza quedan desamparados, literalmente, a la suerte del cielo.
Desde ASAJA Alicante no vamos a resignarnos, porque no va con nosotros. Seguiremos reclamando un seguro agrario justo, eficaz y adaptado a la realidad de un cultivo tan estratégico como vulnerable. Y exigimos a la Conselleria que haga valer el peso de la Comunitat Valenciana para evitar que joyas como esta desaparezcan en silencio.
Si la cereza de la Montaña de Alicante se esfuma, no habremos perdido únicamente un cultivo. Descubriremos, demasiado tarde, que cuando se abandona al campo no solo se arranca un árbol: se vacían los pueblos, se apaga el paisaje y se desvanece, lentamente, el alma de nuestra tierra.

