Hace unos días viajé a Ciudad Real y hubo algo que me llamó especialmente la atención: no vi tractores labrando los rastrojos del cereal ni preparando la sementera para la próxima cosecha de trigo o cebada. Es lo habitual por estas fechas. Sin embargo, en los 766 kilómetros que recorrí aquel jueves, no encontré ni un solo tractor arando.
¿Por qué? ¿Qué está ocurriendo para que nuestros agricultores hayan dejado de hacer, precisamente ahora, lo habitual en estas fechas? La respuesta está en el motivo de mi viaje a tierras manchegas: una convocatoria de urgencia de ASAJA Nacional ante la situación de crisis que atraviesa el sector agrícola en general y el cerealista en particular. Una crisis que ya no admite más demora ni más parches. Porque no se puede seguir cultivando cuando los costes de producción —el gasóleo, los fertilizantes, las semillas y el resto de insumos— se disparan mientras el precio al que se vende el cereal permanece igual que hace treinta años. Las cuentas, sencillamente, no salen.
El primer dato que nos ofrecieron en aquella reunión fue demoledor.
En España se destinan al cultivo de trigo dos millones de hectáreas, en el interior y de secano. Las Castillas, Aragón y Andalucía son el granero ibérico. Pero en 2026 ya se dejó de cultivar el 20% de esa superficie: 400.000 hectáreas quedaron incultas, que no de barbecho, pues el barbecho se sigue labrando. Quedaron abandonadas. La amenaza es que para 2027 esa superficie se duplique o triplique. Y no es que en España sobre trigo, todo lo contrario. Producimos 8 millones de toneladas e importamos la misma cifra. Somos deficitarios en cereales y dependemos del exterior para abastecer tanto la alimentación humana como la fabricación de piensos, pues somos una potencia ganadera a escala mundial.
El problema es que los agricultores han perdido la esperanza, que es lo último que se pierde, en una buena cosecha que les reporte unos ingresos suficientes para cubrir los gastos y obtener un beneficio que les permita vivir de su trabajo. El coste de cultivar una hectárea de cereal está entre los 800 y los 900 euros, y los ingresos en función del rendimiento que se consiga está entre los 500 y los 800 euros por hectárea. Aún en caso de rendimientos del orden de 4000 kg/ha, los más altos de España, se pierde dinero. En Alicante los rendimientos son de 2.500 kg/ha, por lo que estamos en la cola por ingresos y en la cabeza por pérdidas.
La razón es sencilla: el cereal tiene una estructura de costes muy clara. Gasóleo para labrar, sembrar y recolectar; fertilizantes para nutrir las plantas y semillas certificadas, en manos también de grandes multinacionales. Los tres pilares de la producción han experimentado subidas exponenciales en los últimos cuatro años, al compás de los tambores de guerra que resuenan en distintas regiones del mundo.
El gasóleo está a merced de las fluctuaciones del precio del petróleo, con una tendencia claramente alcista. En cuanto a los fertilizantes, Europa apenas cuenta con capacidad de fabricación propia y depende mayoritariamente de las importaciones. Sin embargo, mantiene una política de aranceles a la entrada de estos productos, bajo el argumento de su impacto contaminante, mientras permite que lleguen a nuestros mercados productos agrícolas más baratos, cultivados en terceros países que no soportan las mismas exigencias ambientales. Una contradicción difícil de justificar y un ejemplo más de una Europa que parece haber perdido el rumbo.
Los costes de producción del trigo se han duplicado, mientras que los precios de venta del cereal siguen prácticamente estancados, en niveles similares a los de hace décadas. La ecuación no admite muchas interpretaciones: incluso con una buena cosecha, el agricultor cerealista pierde dinero. Producir más ya no garantiza rentabilidad; en muchos casos, solo significa perder más.
La consecuencia es clara: se acabó el trigo.
Si lees este artículo tomando una cerveza (cebada) con un bocadillo (trigo) disfrútalo, pues mañana será más cara y puede que de peor calidad, pues el bocadillo vendrá de Rusia y la cerveza de Brasil.



