Hace 39 años, Antonio Vega, de Nacha Pop, componía Lucha de Gigantes, una canción que explora la fragilidad del ser humano frente a la inmensidad del mundo. Una metáfora de nuestra grandeza y, al mismo tiempo, de nuestra profunda pequeñez ante el universo.
Casi cuatro décadas después, aquella idea conserva toda su vigencia. También en el campo.
Así nos sentimos muchos agricultores: pequeños y vulnerables ante un cúmulo de adversidades que nos empuja a la ruina, pero a la vez gigantes, capaces de seguir dando la batalla contra decisiones políticas incomprensibles y grandes corporaciones que monopolizan el comercio mundial de alimentos, semillas, fertilizantes y energía.
Mientras tanto, ni siquiera podemos poner precio a nuestro trabajo. Somos el único sector en el que otros deciden cuánto vale nuestro producto una vez terminado y, muchas veces, lo que recibimos es limosna.
Hace unos días conocimos un supuesto acuerdo entre la Unión Europea y China para limitar las compras de vehículos eléctricos chinos y proteger a una industria europea en dificultades. Ese mismo día supimos que durante el verano habían llegado de Sudáfrica y Argentina 444.000 toneladas de limones, el doble de lo que consumimos los europeos en el periodo estival. Mientras tanto, alrededor de 100.000 toneladas de limón español se quedaba en los árboles, sin salida comercial, condenando a los citricultores alicantinos y murcianos a perder su cosecha.
La comparación resulta sangrante: el limón importado llegó a venderse 3 y 3,30 euros por kilo, frente a los 2,20-2,40 euros del español. El consumidor pagó casi el doble mientras nuestra fruta se deshidrataba en los árboles por no recolectarse en su fecha.
¿Quién se beneficia de este disparate? Desde luego, no quien cultiva ni tampoco quien compra.
Los limones de Sudáfrica llevan más de seis tipos de conservantes químicos para impostar ese aspecto de frescura y disimular el fétido olor de la putrefacción que sufren en el largo viaje marítimo desde cerca del polo sur a las mesas de Europa.
Pero el problema va mucho más allá. Es el resultado de un modelo que exige cada vez más a quienes producen en Europa y permite competir en nuestros mercados a productos obtenidos bajo condiciones que no son equivalentes.
No pedimos cerrar las fronteras, sino que abrirlas no signifique abrir también la puerta a la desigualdad. Queremos competir con las mismas reglas, con controles eficaces y con garantías sanitarias y medioambientales para todos.
Advertimos desde ASAJA, antes de la firma de Mercosur, que se sacrificaba la salud de los europeos para salvar a una industria europea ya condenada a la ruina. Aun así se firmó. Ruina para todos.
Tan solo dos meses después, la señora Von der Leyen firma la resolución que prohíbe la importación de carne de Brasil por ser presuntamente tóxica para el consumo humano.
Nuestras advertencias quedan respaldadas, pero tarde: el tratado ya está rubricado y nuestra condena, también.
Los políticos, la única profesión del mundo para la que no se exige una formación mínima acreditada, parecen tener suficiente con la obediencia al líder de turno para medrar en el oficio. Mientras tanto, a nosotros nos arruinan.
Como dijo Sancho: «Mi señor, no son gigantes, sino molinos». Hoy añadiría: «Son políticos».
Desde la fragilidad del último eslabón de la cadena alimentaria, sobre el que recae todo el peso de las debilidades del sistema, debemos seguir luchando como gigantes por nuestra supervivencia y por la salud de nuestros hijos, amigos, vecinos y de toda la sociedad.
El 28 de octubre tenemos una nueva oportunidad frente al Ministerio de Agricultura para decir claramente que los costes nos ahogan, que merecemos poder vivir de nuestro trabajo. Y que sin agricultores y ganaderos no hay garantías de abastecimiento para la sociedad.
Que nadie confunda nuestro cansancio con rendición ni nuestra fragilidad con debilidad. Por eso, el 28 de octubre, no faltes. Porque esta lucha no es solo del campo. Es la lucha de todos.



