Corrían los siglos XVI y XVII y en el Imperio español no se ponía el sol. Los atrevidos navegantes españoles llegaban a cualquier parte del mundo. La España de los Austrias era la gran potencia económica, cultural y militar del mundo. Pero, mientras el imperio vivía tiempos de esplendor y gloria, su capital se ahogaba literalmente en mierda.
Al grito de “agua va”, por las ventanas y balcones de Madrid salían volando los contenidos de orinales y bacinicas, cargados de excrementos y desperdicios, que buscaban calle abajo su curso natural. Había que andar avispado y atento al aviso, porque apenas unos segundos después la “ducha de inmundicias” estaba asegurada.
Evitar aquellas salpicaduras desagradables es el origen de la típica y larga capa española y de los sombreros de ala ancha.
Pasaron los años, cambiamos de dinastía y llegaron los Borbones. Tuvo que ser Carlos III, quien dotara a la capital del reino de un digno sistema de alcantarillado y permitiera que, por fin, los madrileños pudieran caminar tranquilos por sus calles.
Han pasado varios siglos. Hoy España es una gran potencia turística mundial, pero seguimos teniendo un problema con nuestras aguas sucias. Las de Madrid ya no contaminan ni salpican sus calles, pero sí terminan haciéndolo en el río Tajo a partir de su confluencia con el Jarama, por mucho que desde Toledo apunten a los regantes del Levante como origen de los problemas de este río.
El agua no es solo una cuestión de turismo. Para Alicante es un tema de supervivencia. Nuestro campo lleva décadas demostrando que cada gota puede convertirse en riqueza, empleo y prosperidad. Cuando hablamos de agua, hablamos también de agricultura, de territorio y de futuro.
Y tenemos también el problema de nuestras costas mediterráneas, uno de los grandes reclamos de nuestro país. Nuestras playas son objeto de deseo para disfrute y descanso. Sin embargo, al igual que en los siglos XVI y XVII, ahora sin ningún “agua va” que nos advierta, los vertidos fecales vuelven a llegar a estos paraísos que la naturaleza nos ha dado.
Esta semana les ha tocado a las playas de Orihuela Costa. Han sido cerradas al baño tras detectarse niveles de contaminación fecal que duplicaban el máximo permitido. Apenas unos días después de que el diario Información denunciara la existencia de estos vertidos.
Orihuela ya perdió una bandera azul, distintivo que reconoce la calidad de sus playas, por un problema de contaminación por aguas fecales en Cala La Mosca. Ahora, el daño a la imagen de Orihuela como municipio turístico vuelve a ser evidente. El problema no es nuevo. Y las soluciones tampoco son desconocidas.
Desde ASAJA Alicante, las asociaciones vecinales y el tejido empresarial alicantino compartimos una misma preocupación: hay que evitar estos vertidos y proteger nuestra casa común, el medio ambiente. Debemos ofrecer la imagen de lo que somos: una sociedad madura, capaz de mirar al futuro con seriedad y perspectiva.
Pero, por desgracia, todavía hay personajes en ventanas y balcones de la política y de la Administración que siguen apostando por el viejo “agua va” que a mí me da igual.
Conocemos las soluciones, son sencillas. Se trata de convertir un problema en una oportunidad, un desecho en un recurso. Se llama Proyecto Vertido Cero: blindar nuestras playas frente al riesgo de contaminación. Y que se lleve a cabo, tan solo es cuestión de voluntad.
Pero no. Los proyectos duermen el sueño de los justos. Mientras ministros, secretarios de Estado, directores generales, alcaldes y concejales hacen cuentas con sus dedos sobre sus posibilidades de seguir en el cargo otros cuatro años, las aguas contaminadas siguen enturbiando nuestras playas y, con ellas, nuestro futuro.
Lo dicho, una vez más, “agua va”, aunque vaya de todo menos agua limpia.



