Sin duda, la humanidad progresa cuando es capaz de trazar horizontes compartidos, proyectos que no solo despiertan ilusión, sino que vertebran voluntades en torno al bien común, tantas veces invocado y tan pocas ejercido con determinación.
Los ingenieros —acostumbrados a pensar antes de actuar y a proponer soluciones pese a los obstáculos— sabemos que cada dificultad encierra una oportunidad si se aborda con rigor y visión estratégica. En esta ocasión, los técnicos de la Conselleria han optado por la alternativa más sensata: armonizar el cumplimiento de la normativa con la aspiración vecinal de una Bahía limpia y con la necesidad de un sector agrario alicantino que clama por agua para seguir cultivando riqueza y futuro.
Ese proyecto tiene nombre propio: Vertido Cero. No es un eslogan, sino una declaración de intenciones. Es economía circular en acción, es transformar un residuo en recurso. Proteger el medio ambiente sin renunciar al desarrollo, cuidar la ciudad sin abandonar su huerta. Porque sostenibilidad no debería ser una palabra hueca que se repite porque está de moda. La sostenibilidad es en primera instancia viabilidad económica, a la vez que equilibrio ambiental y cohesión social.
Y cuando técnica y voluntad política convergen, lo que se construye no es solo una infraestructura. Es devolver la vida a los campos resecos que abrazan Alicante, convertir la aridez en fertilidad y el polvo en verdor, para que vuelvan a ser huertas productivas que alimenten a la sociedad y sostengan empleo y territorio.
Se trata de una obra compleja, concebida como un engranaje de precisión en el que confluyen variables esenciales: modernizar redes de alcantarillado, optimizar depuradoras, impulsar renovables, construir embalses de regulación y desplegar sistemas que lleven el agua regenerada hasta la última parcela. Un proyecto que convierte el agua doméstica en recurso para el campo, evitando su vertido a la Bahía. Sencillamente es la lógica del siglo XXI: reciclar para crear riqueza; transformar un pasivo ambiental en activo productivo. Una solución que responde, además, a una demanda social inequívoca.
Los vecinos exigen una Bahía limpia. Los regantes reclamamos agua, la necesitamos para la supervivencia del campo. Y la administración debe cumplir la legislación en materia de vertidos.
Ahora, el balón está en el tejado del Gobierno de España: evaluar el proyecto y canalizar los fondos europeos destinados a sostenibilidad y economía circular. Estamos ante una iniciativa pionera. Si Alicante ya es referente en reutilización hídrica; con el Vertido Cero puede dar un paso más y situarse como modelo de gestión eficiente y prosperidad sostenible. No es retórica: es liderazgo basado en hechos.
Si todo encaja sobre el papel, ¿qué está fallando? Otra vez, la desidia del Ministerio de Transición Ecológica. Qué fácil es proclamar la “economía circular” o la “restauración de la naturaleza” y qué difícil respaldarlo con hechos. Predicar es cómodo; dar trigo exige voluntad. Y para Alicante no hay ni trigo ni paja.
Mientras el MITECO multiplica mensajes grandilocuentes sobre sostenibilidad, el Proyecto Vertido Cero acumula polvo, sin evaluación ambiental ni calendario. La consecuencia es real: a la Bahía sigue llegando agua que podría regenerarse, mientras los agricultores miramos al cielo, pendientes de una lluvia cada vez más incierta.
He tenido un déjà vu. Y ya van muchos. Cero inversiones para Alicante. Y, por ahora, nada de Vertido Cero. Como siempre, volvemos a perder los agricultores.
